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No sueñes tu vida, vive tu sueño

lunes, 12 de diciembre de 2011

El complicado momento en el que te das cuenta que tenes el “te quiero” en puerta, listo para salir. Ese momento en el que percatas que sos proclive a que cualquier acción suya que te despierte una sonrisa pueda deschavarte. ¿Y cuál es el problema de querer a alguien? Digo, ¿qué clase de persona anormal no se sentiría cómoda con sentirse querida? Se supone que es algo lindo que te quieran. Planteado así habría que largar todo y aparecerse por su laburo o al menos escribírselo un mensaje de texto si somos muy ansiosos, pero hay un problema: es demasiado pronto.

El tiempo nos enseñó a los golpes que querer a alguien es darle el poder de hacer con nosotros lo que quiera. Porque el discapacitado emocional no sabe medirse, mucho menos con sus sentimientos, así que cuando quiere participa de una entrega total que suele terminar en abandono por asfixia. ¿Y entonces que hacemos? Aguantamos. Aguantamos hasta que se escape. Aguantamos hasta que sea seguro recibir un “yo también” en vez de una cara incomoda. Porque no hay nada peor que no ser correspondido en ese primer paso, ese en el que estamos diciendo entre líneas “me gusta esto, ¿puedo pedir más?”. Porque es eso: admitir que queremos seguir indagando en ese “vos y yo” para ver si algún día puede haber un “nosotros”.
La entrega nos da terror. Cada vez que entregamos nuestro corazón la pasamos mal. Ya está en tal mal estado que aunque no queramos volver a usarlo no sirve ni para venderse por Mercado Libre. El problema es que siempre cae alguien a casa y lo ve a un costado tirado y nos pregunta por qué no lo usamos más. Le decimos que no sirve, que intentamos hacerlo andar hace tiempo pero que no funciona y que si no lo tiramos es por nostalgia. “Yo te lo arreglo”.
Dejarse arreglar. Permitirle al otro la oportunidad de hacernos volver a sentir que quizás lo nuestro tiene solución. Que no estamos tan jodidos como creemos. O tal vez sí, pero que podemos sanar si creemos que el esfuerzo vale la pena. Y si del otro lado están intentando arreglarnos para sentirnos mejor ¿cómo no lo va a valer?
Y entonces pasa de nuevo. Eso de sonreírle a casi todos los electrodomésticos. Sonreírle a la computadora porque se conectó o al celular porque nos llegó un mensaje de texto nos hace sentir imbéciles al principio. Parte importante de arreglarnos es ayudarnos a recordar cómo era sentirse bien atendido y olvidarnos de eso a lo que estábamos acostumbrados, eso de deshojar margaritas.
Quizas mañana vaya y le diga “te quiero” sin pensar tanto las cosas. Se lo merece por arreglarme. También se lo merecen las margaritas. Ya es hora de dejarlas tranquilas.

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